Entrevista a un afectado por mesotelioma
Juan Manuel Márquez comía «sobre planchas de amianto» y, cuando había tiempo, hasta se echaba una cabezadita. «A poco que las movías o las rascabas, salía ese polvillo». Durante 33 años trabajó en la empresa vizcaína Nervacero. Ahora, con 59, recibe quimioterapia cada tres semanas y toma doce pastillas diferentes para aplacar ese dolor «que te baja, así, y te coge los costados». Sufre un mesotelioma, tiene un ganglio en el tórax, otro en el abdomen y un derrame pleural.
Este hombre tranquilo y educado vive en Santurce y tiene una base de datos que se llama Josefi. Es su mujer. Ella recuerda todos los pasos de la enfermedad con fechas exactas: el de la primera visita al neumólogo, la primera placa de tórax, el diagnóstico erróneo de tuberculosis, las cuatro biopsias, los ingresos en Cruces... Pero él empieza por el principio.
Entró a trabajar en Nervacero en 1973 como peón y acabó en la grúa de carga del horno. «Allí casi no se veía por el humo, el polvo... Muchas piezas de chatarra de barco tenían amianto». Después de más de tres décadas «empecé a notar algo raro». En 2004 se sentía cansado. «Me dolían los costados, me mareaba, empecé a perder peso y echaba esputos de sangre». Ahí empezó la larga marcha hasta que en 2007 le diagnosticaron el cáncer. Aquel verano empezó con la quimioterapia, pero una neumonía le obligó a interrumpir el tratamiento durante ocho meses. Luego volvió el martirio: ocho horas cada tres semanas.
El tratamiento era demasiado fuerte y el pasado mes de agosto le dio un infarto. A las pocas semanas, otro. Y amagó un tercero en plena sesión de quimio. «Cuando vieron que el corazón no me aguantaba redujeron el tiempo: ahora, en vez de ocho horas, voy media». De operar, nada. «Esto no es operable. Hay que cargar con ello, hasta que el cuerpo aguante». Y está aguantando. Dicen los médicos que el suyo es un mesotelioma «raro». Va lento. Josefi respira aliviada, porque ya ha conocido a personas que «han sobrevivido muy pocos meses al diagnóstico».
El caso de Juan Manuel fue pionero en su empresa. Tuvo suerte, porque desde un primer momento los médicos calificaron su mal como enfermedad profesional, así que se libró de esa pelea judicial que muchos deben mantener mientras tratan de sobrevivir. Pero está metido en otra lid. «Con la mutua hemos tenido juicios. En la última sentencia el juez me concede una indemnización de 20.000 euros». Su mujer menea la cabeza y hace un gesto despectivo con las manos: «hala, toma eso y olvídate», ironiza. Así que han recurrido. Su abogado pide 300.000 euros y un recargo de prestaciones de entre un 30% y un 50%.
Naturalmente, ningún dinero puede compensar la angustia de este matrimonio ni el de sus dos hijos. «No hay indemnización que pague esto». Dice Josefi que tenían planes para cuando Juan Manuel se jubilase, habla de disfrutar de la vida tras décadas de trabajo, pero ya saben que «no podremos hacerlo». Los viajes y los paseos han sido sustituidos por «revisiones, médicos, quimio...» Todos los días tienen cruces en el calendario «para recordar una medicación, una visita...». Y no pierde la oportunidad para cargar contra «los gobiernos, que durante años han estado tapando esto del amianto, y las empresas, que se han estado llenando los bolsillos». Juan Manuel, con una tranquilidad resignada, lamenta que «si sabían que era dañino, qué menos que darnos un cursillo, algo de protección».
Dice que su empresa no estaba en el grupo de las que manipulaban amianto, así que no había revisiones. Eso cambió desde que denunció su caso. «A raíz de eso han hecho revisiones a trabajadores de mi generación y han salido 10 con manchas en el pulmón». Y, que él sepa, «otros cuatro de mis antiguos compañeros han muerto ya de cáncer».

La Tafanera
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